jueves, junio 28, 2007

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El verdadero hombre inteligente es el que aparenta ser pendejo delante de un pendejo que aparenta ser inteligente.

miércoles, junio 27, 2007

La búsqueda de Marco

A las cuatro de la mañana, Marco despertó con ganas de mear. Se levantó y camino al baño. Cuando regresaba, sus pies adormilados tropezaron y cayó de frente, reventándose la boca contra la base de la cama. Rápido se incorporó y corrió a verse en el espejo de muro. Lo que vio lo dejo paralizado: Al centro de su habitación, con el labio partido, sangrando, estaba él: solo. Nunca antes la soledad lo espantó tanto como esa madrugada. No durmió más.

A la mañana siguiente fue directo al dentista para verificar que todo estuviera bien. El único daño que le encontraron fue la hinchazón. Eso lo tranquilizó: su imagen debía estar perfecta, sobretodo porque decidió buscarse una pareja. Durante sus treinta y cuatro años, sólo tuvo dos novios y muchos amantes esporádicos. Con el primero duró dos años y con el segundo ocho meses, con ambos terminó por la misma causa: no eran lo que esperaba. Si bien, siempre albergó el deseo de tener una pareja, ahora no solo lo deseaba, era prioritario tenerla. Lo buscaría por “cielo, mar y tierra”, decidió que el siguiente sábado saldría con sus amigos, aceptaría todas las invitaciones a reuniones y se “daría” la oportunidad de conocerlos, estaba dispuesto a agotar todos los medios para encontrar al hombre adecuado.

De regreso en casa, Marco encendió su PC y pagó la suscripción a una página de contactos en Internet. Rápido escribió su nick name “Marquisimo73”. Edad: 34 años. Ocupación: Administrador. Titubeó en el apartado donde le pedían describirse: Máximo 500 caracteres. Es demasiado, pensó. Ya había puesto su edad y ocupación, obvio era gay. ¿Qué más? Después de pensarlo escribió: “1.80, versátil, súper simpático, viajero, trabajador, culto, buen partido; esto último lo borró, dudó y lo reescribió.

El siguiente apartado era: “Lo que buscas (Máximo 500 caracteres)” Consideró muy poco espacio para escribir sus peticiones: Había que resumir. Escribió: Busco con quien compartir mi cama. Lo releyó y después de una autocensura lo borró: Busco con quien compartir mi vida. “¿Cómo debe ser?” se preguntó. No podía ser tan frívolo de enumerar sus exigencias físicas, pero tampoco las podía negar. “Un hombre alto, varonil, guapo (titubeó. Sí guapo, pensó) de gym. Que sea fiel” Cuarenta y siete caracteres. “Solvente, culto, apasionado” Sesenta y cinco caracteres con espacios incluidos. La tarea empezó a resultarle odiosa. Pensar en qué ofrecerle a una persona o que esperar de una persona nunca fue algo que le ocupará. “Sencillamente, quiero una pareja” finalizó.

Durante los meses siguientes Marco se concentró en recibir a todos sus candidatos. En encontrar a esa persona; que como príncipe azul “acabaría con su soledad”. No tardó en darse cuenta de lo complicado de la tarea. Tenía claro que su búsqueda estaba centrada en una empatía personal y esa fue una prioridad en el inicio de la selección. Así llegó “Omar_surdf”, un tipo que a juzgar de Marco no era “el más guapo” pero después de platicar en el Messenger le pareció un tipo culto y aceptó conocerlo. A la cita acudió enfundando con su camisa, jeans, loción favorita y con Salvador Dalí como el elemento que justificaría su déficit cultural. Poco le duro la emoción. Su prospecto calificó a Dalí como sólo un punto de referencia en el movimiento surrealista y empezó a referenciar nombres desconocidos para Marco. La cita no duró más de treinta minutos. Tiempo que le pareció sumamente incomodo ante la mirada de Omar de “este wey no sabe nada”. Al despedirse, halagó su “platica interesante” y sugirió “lo padre que debe ser ir a un museo contigo”. Omar le sonrió con un “cuando quieras” y se despidieron convencidos de que no volverían a verse. Arrogante, pensó Marco. Pretenciosa, pensó Omar. Llegando a casa, Marco borró la palabra “culto” de sus características y de sus búsquedas.

Después conoció a aquel hombre de 34 años, quien le envió la fotografía de un abdomen espectacular y unos ojos de encanto, y que resultó ser completamente opuesto a lo previsto. Salió también con el del cuerpo trabajado en varias horas de gimnasio y quien descartó a Marco por la “pequeña lonjita” marcada en su cintura. El otro que solo buscaba sexo y que él complació a cambio de pasar toda la noche juntos. Uno más a quien Marco eliminó por considerarlo un “pobre diablo”. Su paciencia parecía estar a prueba y es que en muchas ocasiones, la autocrítica era una característica que tanto él como sus “contactos” olvidaron practicar.

Una tarde llegó Martín, un tipo de 1.75 metros de altura aunque realmente media un metro con setenta. Carajo dije alto, pensó Tavo pero no se opuso a conocerlo, era un tipo galán y, si bien no era de “gym”, era un tipo esbelto. Acordaron salir por segunda ocasión; la plática fue amena y ambos parecían interesarse. Marco sintió acercarse a lo que buscaba “aunque sea chaparrito”. El siguiente mes continuaron viéndose. Martín se interesaba en Marco y él por primera vez exhibía ante alguien “la maravillosa persona que soy”. Le platicó sobre sus metas, su trabajo, los logros en su vida, lo divertido que es como viajero, su necesidad de amar, su urgencia por compartir la vida, su gusto por Dalí y lo aburrido que le parece la “gente densa”. Quería bailar con el, salir a cenar, lo presentaría con sus amigos, le abriría las puertas de su vida y compartirían la imagen frente al espejo. Martín lo escuchaba.

Al segundo mes Marco decidió dejar de verlo, se sintió incapaz de estar con alguien de un metro setenta centímetros y cayó en cuenta de que su “amigo” era un desconocido. Encontraré uno mejor, se convenció. Martín regresó a la virtualidad sin la posibilidad de ser escuchado, despojado de la oportunidad de hablar de él.

Esa misma tarde, Marco reingresó a la página de contactos y se sintió tranquiló al ver el número de mensajes recibidos. Le esperanzaba la idea de encontrar al hombre que buscaba entre los 22,251 usuarios conectados en la página de contactos. Debe haber uno, se convencía. Había varios. Los tenía en frente pero era incapaz de verlos, estaba cegado por las expectativas, impedido por su urgencia de ser escuchado, negándose asimismo la posibilidad de conocerlos. Después de varios minutos, desistió de su búsqueda. No hay ninguno de mi nivel, se dijo, caminó hasta su recamara cuidando de no tropezar con el tapete y durmió dándole la espalda al espejo para no verse, como otras noches: solo.

jueves, junio 14, 2007

Autorretrato 1

Las horas se arrastran sobre las calles, lentas,
ajenas a la urgencia de la tarde moribunda,
nada se puede hacer cuando como hoy
las consonantes se me escapan
entre las vocales de tu nombre.

miércoles, junio 13, 2007

Pifia 1

Tengo ganas de coger. Tuve un día muy jodido: mi jefe reventó en gritos por cualquier pendejada, nosotros nos encargamos de cagarla y dejarlo afónico. El tráfico en esta ciudad es una mierda: tardé hora y media en llegar a casa. Apenas entré, pensé en llamar a Luís. Después de varios meses saliendo con él empecé a quererlo. El dice estar enamorado de mí. Me recosté para descansar las piernas y el cansancio me traicionó. No se cuanto tiempo después me despertó el timbrar del celular. Era un mensaje suyo: “Ayer te disfrute mucho. Cuando repetimos?” Lo leí dos veces antes de contestar: “Hoy. Hace una semana que no nos vemos” le recordé. Tengo ganas de coger y hueva de buscar otro wey.

viernes, junio 08, 2007

EL INFIERNO DE FERNANDO

“Wey, estoy en el infierno, ven no seas ojete”. Escuche apenas contesté el celular. Pasaban las doce de la noche y la frase rebotaba en mi mente tratando de encajar entre un mal sueño o la realidad.
- ¿Quien habla?
- Quién va hablar pendejo: Fernando. Cabrón me esta cargando la chingada, ven.
- ¿Donde estas?
- En “El Infierno” wey… en el infierno.
- Dejate de mamadas. ¿Dónde estas?
- No es mamada, estoy en “El infierno”, así se llama este pinche lugar. Ven cabrón… necesito hablar. – rogó con voz quebrada.

Media hora después lo encontré en el mentado “Infierno”, un bar ubicado en la condesa, decorado con organzas negras y sillones rojos, tan a tono con lo lúgubre de su mirada. Cuando me vio esforzó una sonrisa que a duras penas logró ser una mueca, le dio un trago al vaso que tenía enfrente y aprovechó mi llegada para pedir una siguiente ronda.

A Fernando lo conozco desde hace cuatro años y nunca lo consideré el tipo de weyes que llora, inclusive, creí, no era el tipo de hombres capaz de enamorarse. A sus 36 años había salido invicto de todas sus relaciones, excepto la última. Los daños parecían dramáticos pero lo más doloroso era su incapacidad para enfrentar esas emociones ó quizás la falta de experiencia para afrontarlas.

-Me duele cabrón- Dijo más de una ocasión mientras apuntaba con el vaso hacia su corazón. Hace más de un año, después de seis meses de salir con un cuate, sintió “moversele el tapete” lo cual le provocó pánico y terminó por ponerle fin a la relación. Fue un error de cálculo, me dijo: “Para cuando decidí salirme ya estaba metido hasta el cuello”.

- No mames wey, hace un año que dejaste de verlo - le dije.
- Coño, eso es lo peor, que llevo un año extrañándolo.

Un año extrañándolo y un encuentro fortuito en un bar sirvieron para que Fernando se diera cuenta de que el amor lo había traicionado.

- Lo vi con otro wey – dijo con la voz apretada - llevan saliendo casi seis meses, pero eso no es lo más jodido, lo que me duele… es que lo vi feliz. Ahora no se que hacer con esta mierda que siento. Dime, wey, ¿Qué hago?

Lo miré, tenía los ojos de un niño asustado.

- ¿Quieres otra? – pregunté
- Si ¿tu?
- También.
- Dime cabrón ¿Qué hago con el amor que siento? - Reinsistió
- Ni puta idea, Fernando... ni puta idea.