viernes, julio 13, 2007

Sólo un favor

A Sergio.
My baby shoots me down, Bang Bang.
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Me hace falta alcohol para calmar el ardor de mis labios, para embriagar un poco este miedo de tenerte cerca y no horrorizarme cuando te vayas. Bebes de la misma botella que yo y mientras lo haces veo en tu cuello el movimiento de tu garganta. No se si es tequila o anís, a lo mejor estamos tragando ron, ya no se con cual empezamos. Te burlas de mi sed y agitas la última gota que cae rendida sobre tu lengua; me lanzo sobre ti y te chupo los labios en un intento por no dejar esta ebriedad. No me importa estar en plena calle: sabes a deseo. Me empujas y sigues riéndote. No tenemos más dinero cabrón. Te veo caminar hasta la camioneta y es imposible no recordar a mi padre gritándome por el celular que la regrese. Sonrío cuando te veo regresar con el envase de cocacola lleno con agua jabonosa. Vamos, me dices. No era necesario sabias que iría tras de ti. Me siento en la banqueta para verte. Esperas el rojo del semáforo y corres a limpiar parabrisas. Tienes los ojos mansos y los movimientos de un toro de lídia. Regresas y me entregas diez pesos, como cuando conseguiste thinner con los chavos del cruce de Reforma y Bucareli o cuando cambiaste el nokia por tres pomos y un churro. Tengo sed. Juntamos lo suficiente y vamos por la botella de aguardiente. Siento el ardor del alcohol quemar la sequedad de mi boca. Pides que te de un trago. Te lo niego y levanto la botella con mi mano, alejándola de ti. Alcánzala chaparro, te digo. Tu esfuerzo se reduce a un abrazo, al que cedo sin mayor resistencia.

Te has quedado callado. ¿Desde hace cuantos días, cualquier lugar es un sitio conocido? Nos miramos, es tiempo de irnos. Siento nostalgia por dejar esta ciudad. Adelante hay otra mejor, aseguras y retornas a tu silencio; te pregunto en que piensas. Creo que uno de estos días es mi cumpleaños, me dices mientras subimos a la camioneta, cumplo veintiocho. Te beso y no se cuanto tiempo pasa antes de que encienda el motor. Tienes la mirada con la que te conocí, esa que pones cuando te da miedo seguir adelante. Yo también siento miedo. Lo sabes, por eso pones tu mano en mi nuca, acaricias mi cabeza y le das un trago al aguardiente, me lo pasas y bebo. Nunca te lo he dicho, ni te diré que te amo porque representas mi propia destrucción, suavizo la frase y te digo: Este es un amor que nos condena a morir. Lo sé, siempre lo he sabido, pero si estoy contigo me muero, si estoy sin ti también, me lo dices mientras fijas la mirada en el camino. ¿Qué hacemos? Te pregunto mientras acaricias mi cuello y jalas mi mano para besarla. ¿En la siguiente curva me sigo derecho? Me miras y haces un si con la cabeza.

Sólo un favor: abrázame fuerte cuando la camioneta salga de la carretera.

jueves, junio 28, 2007

...

El verdadero hombre inteligente es el que aparenta ser pendejo delante de un pendejo que aparenta ser inteligente.

miércoles, junio 27, 2007

La búsqueda de Marco

A las cuatro de la mañana, Marco despertó con ganas de mear. Se levantó y camino al baño. Cuando regresaba, sus pies adormilados tropezaron y cayó de frente, reventándose la boca contra la base de la cama. Rápido se incorporó y corrió a verse en el espejo de muro. Lo que vio lo dejo paralizado: Al centro de su habitación, con el labio partido, sangrando, estaba él: solo. Nunca antes la soledad lo espantó tanto como esa madrugada. No durmió más.

A la mañana siguiente fue directo al dentista para verificar que todo estuviera bien. El único daño que le encontraron fue la hinchazón. Eso lo tranquilizó: su imagen debía estar perfecta, sobretodo porque decidió buscarse una pareja. Durante sus treinta y cuatro años, sólo tuvo dos novios y muchos amantes esporádicos. Con el primero duró dos años y con el segundo ocho meses, con ambos terminó por la misma causa: no eran lo que esperaba. Si bien, siempre albergó el deseo de tener una pareja, ahora no solo lo deseaba, era prioritario tenerla. Lo buscaría por “cielo, mar y tierra”, decidió que el siguiente sábado saldría con sus amigos, aceptaría todas las invitaciones a reuniones y se “daría” la oportunidad de conocerlos, estaba dispuesto a agotar todos los medios para encontrar al hombre adecuado.

De regreso en casa, Marco encendió su PC y pagó la suscripción a una página de contactos en Internet. Rápido escribió su nick name “Marquisimo73”. Edad: 34 años. Ocupación: Administrador. Titubeó en el apartado donde le pedían describirse: Máximo 500 caracteres. Es demasiado, pensó. Ya había puesto su edad y ocupación, obvio era gay. ¿Qué más? Después de pensarlo escribió: “1.80, versátil, súper simpático, viajero, trabajador, culto, buen partido; esto último lo borró, dudó y lo reescribió.

El siguiente apartado era: “Lo que buscas (Máximo 500 caracteres)” Consideró muy poco espacio para escribir sus peticiones: Había que resumir. Escribió: Busco con quien compartir mi cama. Lo releyó y después de una autocensura lo borró: Busco con quien compartir mi vida. “¿Cómo debe ser?” se preguntó. No podía ser tan frívolo de enumerar sus exigencias físicas, pero tampoco las podía negar. “Un hombre alto, varonil, guapo (titubeó. Sí guapo, pensó) de gym. Que sea fiel” Cuarenta y siete caracteres. “Solvente, culto, apasionado” Sesenta y cinco caracteres con espacios incluidos. La tarea empezó a resultarle odiosa. Pensar en qué ofrecerle a una persona o que esperar de una persona nunca fue algo que le ocupará. “Sencillamente, quiero una pareja” finalizó.

Durante los meses siguientes Marco se concentró en recibir a todos sus candidatos. En encontrar a esa persona; que como príncipe azul “acabaría con su soledad”. No tardó en darse cuenta de lo complicado de la tarea. Tenía claro que su búsqueda estaba centrada en una empatía personal y esa fue una prioridad en el inicio de la selección. Así llegó “Omar_surdf”, un tipo que a juzgar de Marco no era “el más guapo” pero después de platicar en el Messenger le pareció un tipo culto y aceptó conocerlo. A la cita acudió enfundando con su camisa, jeans, loción favorita y con Salvador Dalí como el elemento que justificaría su déficit cultural. Poco le duro la emoción. Su prospecto calificó a Dalí como sólo un punto de referencia en el movimiento surrealista y empezó a referenciar nombres desconocidos para Marco. La cita no duró más de treinta minutos. Tiempo que le pareció sumamente incomodo ante la mirada de Omar de “este wey no sabe nada”. Al despedirse, halagó su “platica interesante” y sugirió “lo padre que debe ser ir a un museo contigo”. Omar le sonrió con un “cuando quieras” y se despidieron convencidos de que no volverían a verse. Arrogante, pensó Marco. Pretenciosa, pensó Omar. Llegando a casa, Marco borró la palabra “culto” de sus características y de sus búsquedas.

Después conoció a aquel hombre de 34 años, quien le envió la fotografía de un abdomen espectacular y unos ojos de encanto, y que resultó ser completamente opuesto a lo previsto. Salió también con el del cuerpo trabajado en varias horas de gimnasio y quien descartó a Marco por la “pequeña lonjita” marcada en su cintura. El otro que solo buscaba sexo y que él complació a cambio de pasar toda la noche juntos. Uno más a quien Marco eliminó por considerarlo un “pobre diablo”. Su paciencia parecía estar a prueba y es que en muchas ocasiones, la autocrítica era una característica que tanto él como sus “contactos” olvidaron practicar.

Una tarde llegó Martín, un tipo de 1.75 metros de altura aunque realmente media un metro con setenta. Carajo dije alto, pensó Tavo pero no se opuso a conocerlo, era un tipo galán y, si bien no era de “gym”, era un tipo esbelto. Acordaron salir por segunda ocasión; la plática fue amena y ambos parecían interesarse. Marco sintió acercarse a lo que buscaba “aunque sea chaparrito”. El siguiente mes continuaron viéndose. Martín se interesaba en Marco y él por primera vez exhibía ante alguien “la maravillosa persona que soy”. Le platicó sobre sus metas, su trabajo, los logros en su vida, lo divertido que es como viajero, su necesidad de amar, su urgencia por compartir la vida, su gusto por Dalí y lo aburrido que le parece la “gente densa”. Quería bailar con el, salir a cenar, lo presentaría con sus amigos, le abriría las puertas de su vida y compartirían la imagen frente al espejo. Martín lo escuchaba.

Al segundo mes Marco decidió dejar de verlo, se sintió incapaz de estar con alguien de un metro setenta centímetros y cayó en cuenta de que su “amigo” era un desconocido. Encontraré uno mejor, se convenció. Martín regresó a la virtualidad sin la posibilidad de ser escuchado, despojado de la oportunidad de hablar de él.

Esa misma tarde, Marco reingresó a la página de contactos y se sintió tranquiló al ver el número de mensajes recibidos. Le esperanzaba la idea de encontrar al hombre que buscaba entre los 22,251 usuarios conectados en la página de contactos. Debe haber uno, se convencía. Había varios. Los tenía en frente pero era incapaz de verlos, estaba cegado por las expectativas, impedido por su urgencia de ser escuchado, negándose asimismo la posibilidad de conocerlos. Después de varios minutos, desistió de su búsqueda. No hay ninguno de mi nivel, se dijo, caminó hasta su recamara cuidando de no tropezar con el tapete y durmió dándole la espalda al espejo para no verse, como otras noches: solo.

jueves, junio 14, 2007

Autorretrato 1

Las horas se arrastran sobre las calles, lentas,
ajenas a la urgencia de la tarde moribunda,
nada se puede hacer cuando como hoy
las consonantes se me escapan
entre las vocales de tu nombre.

miércoles, junio 13, 2007

Pifia 1

Tengo ganas de coger. Tuve un día muy jodido: mi jefe reventó en gritos por cualquier pendejada, nosotros nos encargamos de cagarla y dejarlo afónico. El tráfico en esta ciudad es una mierda: tardé hora y media en llegar a casa. Apenas entré, pensé en llamar a Luís. Después de varios meses saliendo con él empecé a quererlo. El dice estar enamorado de mí. Me recosté para descansar las piernas y el cansancio me traicionó. No se cuanto tiempo después me despertó el timbrar del celular. Era un mensaje suyo: “Ayer te disfrute mucho. Cuando repetimos?” Lo leí dos veces antes de contestar: “Hoy. Hace una semana que no nos vemos” le recordé. Tengo ganas de coger y hueva de buscar otro wey.

viernes, junio 08, 2007

EL INFIERNO DE FERNANDO

“Wey, estoy en el infierno, ven no seas ojete”. Escuche apenas contesté el celular. Pasaban las doce de la noche y la frase rebotaba en mi mente tratando de encajar entre un mal sueño o la realidad.
- ¿Quien habla?
- Quién va hablar pendejo: Fernando. Cabrón me esta cargando la chingada, ven.
- ¿Donde estas?
- En “El Infierno” wey… en el infierno.
- Dejate de mamadas. ¿Dónde estas?
- No es mamada, estoy en “El infierno”, así se llama este pinche lugar. Ven cabrón… necesito hablar. – rogó con voz quebrada.

Media hora después lo encontré en el mentado “Infierno”, un bar ubicado en la condesa, decorado con organzas negras y sillones rojos, tan a tono con lo lúgubre de su mirada. Cuando me vio esforzó una sonrisa que a duras penas logró ser una mueca, le dio un trago al vaso que tenía enfrente y aprovechó mi llegada para pedir una siguiente ronda.

A Fernando lo conozco desde hace cuatro años y nunca lo consideré el tipo de weyes que llora, inclusive, creí, no era el tipo de hombres capaz de enamorarse. A sus 36 años había salido invicto de todas sus relaciones, excepto la última. Los daños parecían dramáticos pero lo más doloroso era su incapacidad para enfrentar esas emociones ó quizás la falta de experiencia para afrontarlas.

-Me duele cabrón- Dijo más de una ocasión mientras apuntaba con el vaso hacia su corazón. Hace más de un año, después de seis meses de salir con un cuate, sintió “moversele el tapete” lo cual le provocó pánico y terminó por ponerle fin a la relación. Fue un error de cálculo, me dijo: “Para cuando decidí salirme ya estaba metido hasta el cuello”.

- No mames wey, hace un año que dejaste de verlo - le dije.
- Coño, eso es lo peor, que llevo un año extrañándolo.

Un año extrañándolo y un encuentro fortuito en un bar sirvieron para que Fernando se diera cuenta de que el amor lo había traicionado.

- Lo vi con otro wey – dijo con la voz apretada - llevan saliendo casi seis meses, pero eso no es lo más jodido, lo que me duele… es que lo vi feliz. Ahora no se que hacer con esta mierda que siento. Dime, wey, ¿Qué hago?

Lo miré, tenía los ojos de un niño asustado.

- ¿Quieres otra? – pregunté
- Si ¿tu?
- También.
- Dime cabrón ¿Qué hago con el amor que siento? - Reinsistió
- Ni puta idea, Fernando... ni puta idea.

viernes, mayo 25, 2007

7 de junio 2007

PARA AQUELLOS QUE AUN CONSERVAN
LA ESPERANZA DE UN MUNDO MEJOR
O
PARA AQUELLOS QUE NECESITAN
UN PRETEXTO PARA TOMARSE EL DIA


lunes, mayo 07, 2007

DOMINGO EN EL ZOCALO

Eran las cuatro de la mañana cuando llegamos al centro histórico, dejamos el carro antes de eje central, cruzarlo era imposible. Las calles del centro estaban tomadas por hordas de gente con hoja de registro en mano, los más. Ahí caminaba el hombre de la bata de baño color vino, el de los boxers, la de vestido de noche y sus acompañantes con los rastros de un smoking, aquellos otros con pants, todos vestidos adecuadamente para desvestirnos.

Las filas de hombres y mujeres formaban una, dos, cinco serpientes que se extendían sobre 16 de septiembre, Palmas y Madero. Todos dispuestos, ansiosos, con la calma necesaria para vencer a los prejuicios, a las inhibiciones, al frío de la madrugada. Nos preguntábamos, alguien respondía, tratábamos de adivinar el número de participantes. Cercano a la espalada del de enfrente, cruzamos la valla de seguridad con nuestra hoja de registro extendida, así lo exigían los organizadores. ¡Avance! ¡rápido! ¡rápido! gritaban los policías, los organizadores, 150, 210 personas por minuto ingresábamos a la plaza de la constitución.


Cruzar la primera barrera fue un logro, se respiraba mejor en el Zócalo. Las inhibiciones, la vergüenza se quedaron detrás de las vallas, nunca creí que correría para no perderme la oportunidad de desnudarme en público. A través de un altavoz una mujer daba indicaciones: “Por favor no se desvistan hasta que se les ordene” “Esperemos que el sol salga por el este”. Esperar: una palabra contraria a los ánimos, un verbo que no distinguía su connotación, perdido entre la calma y la esperanza. Caminamos por los portales, como muchos lo hemos hecho en un diario trajinar por la ciudad. Sentados sobre el arroyo vehicular estaban todos: la mujer de 60 años cubierta con una breve chamarra, el hombre en silla de ruedas, el universitario, el oficinista, la pareja que se abraza y se convence de vivir juntos una experiencia más, las chavas preparatorianas, los amigos que prefirieron no dormir esa noche, los más de dieciocho mil mexicanos con la mirada cargada de emoción y complicidad. En unos minutos todos compartiríamos nuestra intimidad.

Hombro con hombro, sonrisa contestando a una sonrisa, aún vestidos descubríamos en nuestras miradas el valor por vencer nuestro pudor, el que ya no importaba, nos mirábamos y nos alentábamos. El orden no lo pusieron los organizadores, lo traían los participantes, tratábamos de organizarnos, de voz en voz nos pasábamos las indicaciones, preparándonos para salir bien en la foto, contrarrestando el mal sonido, nada haría que esta experiencia fallara. Un “México, México” otro “Goya” reventaba en el Zócalo mientras mirábamos al cielo, tratando de adivinar con el breve azul de la mañana la hora exacta. De pronto, en la cúspide de una escalera, Spencer Tunick saludaba a los asistentes. Una ovación hacia él, hacia nosotros, hacia la desnudez, hacia el arte. Callamos todos queríamos saber donde dejaríamos nuestra ropa, el lugar donde esconderíamos nuestro pudor, nuestros atavismos.

Nuevamente se nos pidió esperar, el más ansioso se inclinó para desanudarse los tenis, era una carrera contra el sol y nadie quería que la foto saliera mal. Uno, dos, tres, ¡Naked! Era el momento. En movimientos que parecían ensayados durante todo un mes nos despojamos de nuestras ropas, nos arrancamos el último rastro de pudor y caminamos, corrimos hacia la plancha del Zócalo. Ante los ojos todo era desnudez, ríos de cuerpos humanos moviéndose en una sola dirección, con la confianza del que te precede y el respeto al que te antecede, formando un acto per se artístico donde el ser humano se expone así mismo como la cúspide de la estética.

La sonrisa pintaba todos los rostros: en un acto de atrevimiento, de sorpresa, de liberación, de demostrar que el cuerpo no es sexo y que la desnudes no es pornografía. Corríamos en un escenario con el que nos sentimos identificados, el piso era menos duro de lo pensado, el frío no era tan grave, la libertad nos hacia ligeros. No era importante el sobrepeso, las estrías, los senos pequeños, grandes, el tamaño de los genitales, la cantidad de vello púdico, la celulitis, todos nos veíamos hermosos.

Llegó la primera indicación para formar filas, “llenar el hueco de atrás” risas. “Posición A” “Miren la cabeza del de enfrente” “No se muevan”. No nos movimos, serios como quien posa para una fotografía tamaño infantil, como si la cámara estuviera delante de nosotros, sin parpadear, evitando movernos, serios. Siguiente toma. Aplausos. Se coreó uno, dos, tres “México”, una ola que corre a través de la plancha del zócalo en una marea de desinhibición.

La posición no ensayada, pero que todos conocíamos: “Saluden a la bandera”. “No hay bandera” gritó uno. El lábaro patrio no ondeaba en el Zócalo, hay quienes consideraron nuestra desnudes una afrenta contra los símbolos nacionales, pero eso no resultaba importante, estábamos ahí, en el corazón de la patria, desnudos, sin ropa, sin bandera, solo con nosotros mismos y nuestra mexicanidad encima. La mano en el pecho, con el respeto aprendido en la escuela, formado uno tras otra, saludando a un símbolo ausente, uniformados con nuestra piel, extendiéndonos como un lienzo sobre el centro de la ciudad de México. Los colores patrios tomaban un matiz distinto: el color de su gente.

La posición B nos llevó al piso, acostados sentimos el frío en las nalgas, en la espalda, los pies del de al lado, trenzados uno con otro, cerca, muy cerca, vestidos solo con nosotros mismos mirabamos el cielo. “Levanta la cabeza y ve a tu alrededor” invitaban algunos, atrás los organizadores con altavoces pedían que las bajáramos. La vista valía el atrevimiento: Un lago de cuerpos humanos arremolinado en la base del asta bandera era una imagen imposible de olvidar. La foto esta tomada, alguien grita: “¡Carajo!, salí con los ojos cerrados” arranca risas mientras nos levantamos.

Posición C. Hincados en posición fetal con la cabeza dirigida hacia catedral: “Norberto Rivera el pueblo se te encuera” corean algunos. Risas, uno a uno va tomado posición y la vulnerabilidad queda expuesta, todos miramos al que teníamos atrás en busca de una tregua, un silente “nada más no me mires donde no debes”. Hubo quienes no se aguantaron las ganas y gritaron: “No levantes la cabeza” “Nada más no se pedorreen” y la foto no llegaba. Apretábamos las nalgas y uno que otro echaba una mirada perdida en el rincón del de enfrente: “Me vale madres que me vean el pito y las nalgas, pero no me vean el culo” gritó alguno. El tiempo pasa y las indicaciones no paran: “Ya tómala cabrón” “Cabrón estas tomando una foto no estas dibujando”. Las piedras se encajan en las rodillas, en los codos. Silencio, es tiempo para que se tome la foto. Un fuerte aplauso y la cara de “que pinche posición” era general. Lo más difícil había pasado. Nos levantamos y no negamos la ayuda al de al lado, entre nosotros mismo, conociéndonos o no, nos sacudíamos el polvo, de donde no nos alcanzaban las manos: la espalda.

Los organizadores pidieron que los siguiéramos, caminamos hacia 20 de noviembre. Seguíamos las órdenes dictadas a través de altavoces. Fue difícil no asociar la escena con las imágenes del holocausto tan grabadas en el imaginario colectivo. La libertad se sentía en los pies. “Foto por foto, cosilla por cosilla” se coreaba, “Foto por Foto, desnudo por desnudo”. Caminamos una, dos, tres cuadras, alejándonos del Zócalo, jamás creí llegar tan lejos en cueros, cada paso era un poco más de libertad conquistada.

En las bocacalles hubo quienes miraban. “Morbosos” Les gritábamos “Que se encueren” coreamos. En el techo de un hospital, mirones se resistían a ceder ante la presión, un médico se quita la bata, la gente aplaude, la camisa, gritos alabando el valor, no se atreve a quitarse los pantalones y la rechifla se le va encima. Hay quienes prefieren esconderse para no ser invitados al desnudo. La ciudad era nuestra, era el retrato de una sociedad utópica donde las clases sociales se difuminan, el color de la piel forma un mosaico y la diferencia de cuerpos definen una totalidad. Brazo izquierdo levantado. Brazo derecho.

Caminar de regreso al Zócalo, la sonrisa en los labios es menos evidente pero la cara de satisfacción nos hace cómplices. Vamos satisfechos. Los hombres a vestirse, las mujeres al centro, la imágenes del holocausto ya no son tan presentes, hemos arrancado de nuestro imaginario colectivo lo inhumano para dejar en ello la belleza de lo humano.

Nos vestimos sin prisa, con calma, renuentes a regresar a esa cotidianidad de prejuicios e inhibiciones, a recuperar tu Yo. Salimos del Zócalo dejando en la cámara de Spencer Tunick la imagen de una sociedad dispuesta a demostrar su belleza y llevándonos cada uno de nosotros un pedazo de libertad.


jueves, abril 19, 2007

¿Coger ó hacer el amor?


Después de cuatro años de no verlo, ni saber nada de él, me reencontré con Alberto; un viejo amigo con quién compartí muchas borracheras y noches de antro durante la década de los veinte. Nuestras vidas tomaron un rumbo distinto cuando a los 29 su galán en turno le pidió, después de tres semanas de conocerse, formalizar su relación. El ilusionado Beto aceptó. La noche que me lo comentó escuche todos sus proyectos en común: renta de un departamento, compra de muebles, ambos eran perreros, tendrían dos yorkshire, reuniones con amigos, el primer viaje lo harían a París y sobre todo: “a hacer el amor, mucho, toda la vida”

Después de su luna de miel, me escribió un mail en el que adjuntó algunas fotos y una breve nota: “Estoy feliz, he dejado todos los males de la soltería para dedicarme a hacerle el amor a mi gordo”. Con el tiempo y al no recibir noticias de él me di cuenta que en la lista de “los males de la soltería” iba yo incluido.

Así nos reencontramos: él, enfundado en su vida perfecta buscaba muebles para remodelar su estancia mientras yo perseguía a un “ligue” hasta el área de alfombras. Estaba tan entretenido mirando las fenomenales nalgas de mi soltero compra-tapetes que no me di cuenta cuándo y en qué momento llegó. Sí, era yo responsable por haber ingresado en el espacio dominado por los aspirantes a sociedad en convivencia: el departamento de Hogar en El Palacio de Hierro Durango. Siempre evité esa área porque los solteros pertenecemos al departamento de caballeros y sólo los “elegidos” pueden bajar al sótano para amueblar sus sueños. Y como yo no tenía con quien soñar, el único consuelo era seguir soñando con un candidato.

Después de un saludo más atropellado que el que hubiese tenido con el señor compra-tapetes-ya-se-fue, decidimos tomar un café. Ahí, sentí la incomodidad generada por el reencuentro con un “viejo amigo” que hace años pasó a ser un conocido y después un desconocido. Alberto salvó el momento “había mucho que contarme” Primero: lo sucedido en su vida: Segundo: lo sucedido en la vida de Luis: Tercero: la vida y gracia de los perros. Cuando llegó mi turno la única opción para extender mi relato era mencionar a aquellos con quienes compartí la cama pero para no hacer consciente mi promiscuidad me sujeté a hablar sólo de mí.

- ¿Y sigues de pito fácil ó ya le bajaste? – Me preguntó desde su silla de monógamo enamorado.
- ¿Tu que crees? – Le contesté, incomodo por entrar en ese tema con un conocido desconocido.
- Que sí –
- Pues sí, sabes que la novedad me calienta. – Me sinceré.

En efecto, si para Alberto hacer el amor era la mejor forma de tener sexo, para mí, el mejor sexo era el coger con un ligue un máximo de dos veces, siempre y cuando la novedad siguiera latente. Alberto necesitaba de su departamento, su cama, sus muebles y los sentimientos hacia y provenientes de Luis para tener el mejor sexo. Yo necesitaba saber lo básico de un wey (su nombre, apellido y número telefónico (fundamental)) para lo mismo. Las emociones no me importan, inclusive, creo firmemente, son las responsables de que el sexo entre pareja se espacié (en el mejor de los casos) o desaparezca (en el peor).

Cada uno defendíamos nuestro punto de vista; no sé si excusando nuestro estilo de vida para evitar sentirnos juzgados desde el extremo contrario ó éramos sinceros al exponer cuál creíamos que era la mejor cama. Ambos fingíamos un poco, Alberto olvidó que una de sus mejores relaciones sexuales la tuvo con un wey del que nunca supo si el nombre que le había dado era real. Y yo no quise mencionar la ocasión cuando después de cuatro encamadas con un wey le dije “me vengo mi amor” mientras eyaculaba. Fue una venida maravillosa, pero también significó la ida de aquel cabrón.

- Pablito ¿No se te antoja hacer el amor? –
- No te sientas rechazado wey, no me gusta repetir - Le dije guiñándole el ojo. En ese momento Alberto se convertía en el viejo amigo de farras, aquel que creía que para entregar las nalgas tenía que existir “amor”
- No seas pendejo – soltó después de una carcajada – Neta ¿No se te antoja hacer el amor? Es decir ¿Coger con alguien a quien amas?
- A ver pinche Beto, más despacio. ¿Tu coges con tu wey ó haces el amor?
- Cojo y hago el amor con mi wey.
- ¿En verdad coges con Luis?

Dudó en la respuesta. Estábamos en el punto preciso de la discusión: Cierto que con un free no se puede hacer el amor, lo he dicho: se necesitan primero que nada: amor. Para coger se necesitan sólo las ganas y no debe haber mayor emoción. Mi duda era ¿Se puede coger con una pareja donde se involucra el corazón?

Alberto me confesó que para romper con la rutina fantasearon con ser dos desconocidos, la experiencia fue buena, después optaron por depilarse para sentir cuerpos ajenos, les funcionó. Esos juegos les permitió vivir un año de buen sexo, ahora se le ocurrió a Luís sexear con el lenguaje. Pero a Beto le incomodó tanto “vas, cómetela, para las nalgas puto, ¿te gusta la verga?” y para disfrutarlo tuvo que eliminar a Luís y pensar en el guardia de seguridad de su oficina.

Acepté no tener tanta imaginación, por lo cual sigo siendo adicto a la novedad, al encuentro furtivo, a no imaginar al guardia de seguridad sino a llevármelo a la cama.

- La verdad, le dije, es que montarte a un wey por primera vez es cómo manejar tu primer coche. ¿Cuántas veces no quieres estrenar coche?

Debo reconocer que como a Alberto se le antoja coger y no hacer el amor, hay momentos en los que a mi aburre estrenar tantos coches, a veces es tiempo de tener un favorito.

Hoy me he quedado pensando en ello, todo empieza cogiendo y todo termina cogiendo. Coges con un wey, sigues cogiendo con él hasta que vas haciendo el amor y después vuelves a coger con él, sólo se amplía tu menú de posibilidades nocturnas: coges o haces el amor. Pienso esta noche en Alberto y se que esta “cogiendo” con Luís, lo habrá vestido de algún personaje exótico. Yo saldré de casa en busca de la cuarta cita… me pone nervioso perder esa novedad que me gusta tanto, pero a veces el amor también resulta novedoso.

martes, marzo 20, 2007

Ovldié tu nborme

Ovldié tu nborme,
por eso te llmaaré istnante
frturvio, sleincsoio, ugrtnee
eíremfo cmoo tu rderceuo.

Ovldié tu nborme,
y tus ragsos los cdnufnoo
slóo me qdeua el rderceuo
de la hmeudad de tus labois

Ovldié tu nborme,
Y praa no ovldirtae
Te rercdoé en los bazros
De tdoos a qiunees llmao iantnste.

viernes, diciembre 08, 2006

Ayer

Ayer, el silencio devoró mis dedos,
arrancó mis manos
y las metió en mi boca
acallando el grito de angustia
que revolteaba en mi pecho
por no saber decir
lo que quería decir.

miércoles, noviembre 01, 2006

LOS ANHELOS DE ELOISA


La mañana de los treinta y cinco años de Eloisa, el cielo amaneció sin sol. Tres días atrás, un viento del norte estacionó una parvada de nubes encima de la ciudad. El cielo parecía una cúpula gris que amenazaba con desplomarse en agua. La gente portaba infaustos paraguas, ávidos de ser usados; caminaban con la mirada extraviada entre el cielo y el suelo; alertas de la primer gota de lluvia que aplacará el sofocante calor de las calles.

La televisión se encendió a las siete cuarenta de la mañana, justo cuando el noticiero matutino daba el reporte del clima y se anunciaba el inició de las medidas de contingencia ambiental. Escondida bajo las sábanas, Eloisa estiró el brazo en busca del control remoto, apagó la TV y se incorporó. Asustó el sueño con un bostezo. La habitación quedó nuevamente en silencio.

Aún con la pereza incrustada en los huesos, se levantó. Caminó hacia a la pequeña cocina para prepararse su acostumbrado café con leche, extrajo de una bolsa de papel una pieza de pan de dulce, comprada especialmente para conmemorar su cumpleaños, empezó a devorarla de manera pausada mientras miraba su pequeño departamento. Hizo una pausa, se preguntó si el huésped que esperaba se sentiría cómodo. Todo estaba preparado para su llegada, un azul verdoso remplazó al blanco mugre de las paredes; las cuales no recibían mantenimiento desde hacia cuatro años. Cuando el cáncer le pudrió el estomago a su madre y la muerte se la llevó con el rostro salpicado de dolor. Desde entonces vivía sola.

Todos los preparativos le exigieron largas jornadas de trabajo frente a la Singer eléctrica: único legado de su madre. Eloisa perdió la cuenta de cuántos metros o kilómetros de tela transformó en vestidos, cortinas, manteles y sábanas encargadas por sus clientas. Varias noches, cuando los ojos empezaban a dolerle y la espalda a amenazar con quebrársele, miraba el calendario en busca de su cumpleaños; fecha fijada, por ella misma, como el límite de sus esfuerzos.

Una de las disposiciones para ese día consistió en la confección de un vestido blanco. La tela la robó de uno de los encargos. El modelo visto a la protagonista de la telenovela de las seis de la tarde, sirvió de base.

El días de sus treinta y cinco años, lo vistió. Apenas terminó de enfundárselo, corrió al espejo a mirarse. La emoción pintaba su pálido y huesudo rostro. Siendo niña había imaginado ese momento. Acicaló su pelo lacio y negro, escondió la cartera en el brassiere y sin dilatar más se enfiló hacia la calle.

Enfundada en blanco caminaba entre la gente. Desde temprana edad desarrolló la habilidad de desaparecer ante los ojos de los demás. –Era necesario– le decía su madre– para sobrevivir en esta maldita ciudad, porque aquí lo único que buscan es joderte-.
Caminaba con la mirada gacha, sin cruzarla con la de los otros transeúntes –nunca mires a los demás a los ojos, puede ser peligroso-. En esa postura andaba siempre y así aprendió a mirar el sol desde el suelo, a reconocer a la gente por los zapatos y ha sonreírle a los perros.

Caminaba con el entusiasmo apuntando al piso, pensando en el momento de regresar a casa sintiéndose acompañada. Tendría ahora a quien contar todos sus secretos, con quien comentar las pesadillas que le asustaban el sueño. Apretó el paso cinco cuadras más, hasta que reconoció el lugar del encuentro. Levantó la mirada sigilosa y un golpe seco le heló el rostro. No estaba. Apresurada corrió al interior del local.
-Oiga señor he venido por el pez amarillo que estaba en la pecera grande del escaparate – dijo Eloisa con la voz apretada por los nervios.
-Ese, se ha vendido ya– dijo despreocupado el empleado del acuario. Ella sentía sus piernas convertidas en trapo.
-¿Cómo que se ha vendido ya? Ayer mismo por la tarde estaba aún aquí.
-Se lo habrán llevado antes de cerrar.
-¡Pero eso no puede ser! – gritó Eloisa, llamando la atención de las personas que como ella visitaban el local y despertando el asombro del dependiente quien la miraba extrañado por su incomprensible reacción. Eloisa no se percató que miraba directamente a los ojos del encargado, retando, exigiendo una explicación, sintiendo ganas de matarlo.

Hacia dos meses que Eloisa vio por primera vez al pez amarillo; vendido la noche anterior. En ese momento, vino a su mente aquella ocasión cuando, siendo niña, paseaba de la mano de su madre por las calles del centro y descubrió en un aparador al pez amarillo más brillante que ella nunca hubiera imaginado. Se detuvo pasmada por aquel animal acuático, lo que le mereció una reprimenda por parte de su madre. A Eloisa no le importó, siguió parada con la mirada impresionada.
- ¡Anda niña camina!, no podemos seguir paradas aquí – Dijo su madre.
- Mamá – dijo Eloisa sacando voz y valor de lo profundo de su alma – Mamita cómprame ese pescadito.
- ¡Estas loca!, eso debe costar una fortuna.
- Anda mamita – lloriqueó.
- He dicho: ¡No! y camina que estamos en el paso de la gente y nos van a aplastar. – Ordenó su madre mientras tiraba del infantil brazo de Eloisa.

Adulta y huérfana, encontró un nuevo pez amarillo igual de brillante. Ese día, corrió, apurada, al interior del establecimiento para informarse del costo.

-El pez cuesta mil quinientos pesos, pero va a necesitar– informó el encargado– una pecera de agua salada, agua salada, termómetro, piedra, arena de mar, en sí todo el equipo necesario, pero si compra el paquete en exhibición le sale en oferta.

A partir de entonces, Eloisa visitaba el establecimiento con regular frecuencia, se detenía frente al escaparate y le hacia al pez promesas mudas. Inclusive empezó a llamarlo “Chema” como su abuelo. Cuando empezó por reunir el dinero necesario y por acondicionar su departamento para la llegada del pez, le informaba, en un dialogo silente, de los avances en los ahorros y nuevamente le prometía el momento de vivir juntos.

Ahora estaba ahí, aturdida y con la mirada perdida, vistiendo su vestido blanco, abandonada a la más injusta soledad.
- Señora, señora – escucho decir – atrás tenemos otros peces de la misma especie, si gusta puedo mostrárselos.
Eloisa se sentía ausente, se dejó guiar por el empleado hasta las peceras ubicadas al fondo del local, donde nadaban tres peces amarillos. Ella los miró con recelo y extrañeza. Son tan similares– pensó –pero ellos ¿qué saben de mi? viviendo juntos no sienten lo que sentimos Chema o yo. Acercó su rostro a la pecera; el cristal reflejó su rostro endurecido. Sus ojos habían perdido la chispa de la mañana. Dos de los peces, asustados, nadaron al fondo de la pecera; solo uno se quedó quieto. La mirada de Eloisa y la del pez parecieron cruzarse.
- Quiero éste – señaló con voz de látigo.
- ¿Le preparo el equipo? – preguntó el empleado.
- Si
- ¿Se lo enviamos?
- Vivo a diez cuadras ¿En cuanto tiempo esta en mi casa?
- Cuarenta minutos o una hora.
- Esta bien, ¿el pez sobrevive si me lo llevo ahora mismo?
- Si, sobrevive en un equipo de traslado que puede devolver en cuanto este instalado el suyo.
- Esta bien – Dijo Eloisa acercándose nuevamente a mirar al animal que parecía no asustarse– el pez me lo llevo de una vez.
Eloisa salió del acuario con el pez amarillo. La había retado, pensaba, eso es peligroso.
“Aprenderás a entenderme” pensaba Eloisa en un dialogo silente con el pez “ lejos de tus compañeros. Debes también entender a Chema que vivía solo en ese escaparate”.
Eloisa camino en silencio las diez cuadras de regreso a su casa cargando en la mano derecha el recipiente con el pez. Vestida de blanco perseguía sus pasos de vuelta, negando a su nuevo amigo cualquier pensamiento o palabra. Lo condenaba a vivir solo el resto de su vida. A compartir juntos sus respectivos cautiverios.

La primer gota de lluvia se estrelló contra el piso. Empezaba a llover.


viernes, febrero 10, 2006

10 de febrero de 2006

Son las 11. 22 de la noche, estoy en Cuernavaca, Morelos. El viento soplaba con la furia de un invierno agonizante luchando por mantenerse vivo. Ahora (en el instante en el que escribo estas líneas) todo se ha quedado inmóvil. Las hojas de plátano, las ramas del limón, el naranjo y las bugambilias dejaron de moverse: todo es calma, casi como la antípoda a las palabras revueltas en mi corazón. No sopla el viento y los perros ladran. Al fondo escucho un aullido que no logro distinguir y que se ha callado. Ahora el silencio es supremo.

LA HOJA EN BLANCO

Una hoja en blanco es un túnel de ideas ocultas en la oscuridad del silencio; un intruso ante tus ojos; filo que corta las más nobles intenciones; es enfrentarte al escándalo de la verdad, a un rebelde con la firme intención de romper con el orden impuesto por los pensamientos; un delator del error y la ignorancia: es la cárcel a la cual las palabras nunca quieren llegar.

Ese pequeño rectángulo virtual ó físico, atascado en una pantalla o en un cilindro, rompe con la vergüenza del hombre y el egoísmo de la conciencia, confronta tu vanidad y la seguridad de tu destino.

De niño tuve la osadía de ensuciar el blanco de una hoja de papel con palabras que estorbaban entre mis dedos. El azar puso en ellas a mi primer lector; quien me sorprendió intentando robarle la verdad a una inmaculada lámina de papel. La torturaba con la punta de un bolígrafo y le imprimía sentencias que la condenaran a morir con las letras de un imaginario nogal.. Él llegó por detrás y se detuvo. Incómodo lo acusé como custodio del deber de un niño. Después, pronuncio palabras merecedoras de permanecer en el vientre de cualquier lápiz y de ser olvidadas por la conciencia del deber ser. Sus ojos brillaban con la misma fuerza de mis oraciones. ¡Ahí esta!-dijo- la belleza de lo no dicho en el vulgar decir cotidiano.

Hoy, veinticuatro años después, me encuentro ante el horror de mi silencio, delante de las palabras que desaparecen frente la deslumbrante figura de la pálida (como la muerte) imagen de un rectángulo inofensivo: testigo de mil suicidios y confesiones, secretos vergonzosos y revoluciones, amantes fieles y adúlteros necesitados, silencios escandalosos y verdades calladas, frases gastadas y miradas constantes, caricias subjetivas y odios encarnados. Aquí, en este papel que en otro idioma, donde no existe la arrogancia del ser humano, no dice nada; me confieso víctima de lo fortuito, de lo lúdico de la vida y donde hoy me debato por no permanecer callado.

Una hoja en blanco es la cobardía de los hombres por escuchar sus secretos, es el más infiel de los amantes, es la mágia oculta entre la consciencia humana y la verdad callada, es sencillamente: una simple e inútil herramienta para conservar la palabra.

Cuernavaca, Morelos a 10 de febrero de 2006.

martes, noviembre 15, 2005

TRAS SUS PASOS 2

No voy a explicar cuándo ni cómo lo decidí, sólo tengo claro que debo encontrarla. El imbécil de Andrés estaba demasiado pedo para ubicar el nombre de la rue, mencionó la Place de la Republique como referencia, no ayuda mucho, pero de algo sirve.

domingo, noviembre 13, 2005

TRAS LOS PASOS

Ayer sábado, tuve la mala suerte de contagiarme con la aspereza de una tarde melancólica. Días atrás, Andrés, un viejo amigo, tuvo la insípida ocurrencia de invitarme a una parrillada en Cuernavaca, quería celebrar su cumpleaños en compañía de quienes fuimos sus mejores cuates en la universidad. En un principio, su reaparición en mi vida me incomodó, inclusive, mi reacción inmediata fue excusarme bajo cualquier pretexto. Tenía más de cinco años sin saber de él y durante ese tiempo jamás tuve la mínima necesidad de buscarlo, sólo me rendí a la arbitraria voluntad del destino y a él lo consideré una víctima más del olvido.

Durante la semana, confronté mi desánimo por participar en una orgía de anécdotas simples y caducas contra la curiosidad y el morbo por la posibilidad de reencontrarme con Mariela o por lo menos: saber si alguien tenía noticias de ella. El simple hecho de recordarla me provocó tanta ansiedad que un día después de hablar con Andrés tuve que retomar mi dosis de prozac para no hundirme en una depresión y desequilibrar mi “vida perfecta”. No me atreví a preguntarle si sabía algo de ella, desde su desaparición, todos fingieron una hipócrita amnesia en un intento por evitar que su ausencia fuera más lastimosa para mí; aunque de vez en cuando alguien rumoreaba algún comentario, conclusión ó noticia corrida de voz en voz; cuando llegaba a los oídos de Andrés, su conducta era la misma: hablar de mil ocurrencias, beber, emborracharnos y al final me confesaba, con un gesto de seriedad fúnebre, de que se había enterado.

La rutina del alcohol, seriedad, lágrimas, declaraciones de lealtad y finalmente la revelación del rumor, se prolongó por un par de años más después de terminar la carrera hasta que no hubo nada que comunicar, así fue como perdí contacto con Andrés. Nadie, ni él, supo que yo fui la última persona con quien Mariela habló, tampoco se enteraron de las dos cartas que me escribió después de su partida.

A Mariela la conocí en el primer semestre de la licenciatura y forjamos una amistad que sólo cinco veces cruzó los límites del sexo; motivados más por la embriaguez, el ocio o la urgencia de coger que por el deseo mutuo. Compartimos muchas causas, nos embriagamos en diálogos nocturnos y discusiones enfocadas a llenar el vacío que sentíamos, a reconocernos como una generación sin identidad, como dos seres perdidos en el sueño de su necia existencia vegetativa.

El viernes acepté asistir: negarme a revivirla era vivirla en la negación. El sábado, bajo el sol y los vientos enredados de nostalgia que corren en otoño, me reencontré con los rostros de mis antiguos compañeros. Ella no estaba. Me sorprendió el cambio en ellos, antes eran rostros cargados de ilusión, ahora tenían miradas de frustración, gestos de amargura, sonrisas de autocomplacencia, barrigas de incertidumbre, caderas de aburrición y voces que hablaban de los hijos, las propiedades, la oficina; en un ejercicio por establecer la marca del ejemplar más productivo de nuestra generación. Yo escuchaba, tragaba cervezas, atento a la borrachera de aquel sujeto de aspecto tan poco parecido a Andrés.

Mientras todos hablaban de su presente y planteaban sus planes inmediatos, yo me hundía cada vez más en la imagen de Mariela. Empecé a extrañarla y sentí su ausencia: aplastarme, dolerme, decepcionarme. Había oscurecido cuando miré nuevamente a Andrés: seguía bebiendo.

Cerca de la media noche, me sentí harto de esperar -igual y ese cabrón no sabe nada- pensé. Me acerqué a él y le dije que me marchaba. Su rostro perdió esa sonrisa estúpida del reencuentro y me pidió esperar; así lo hice, dos horas más y la cuota estaba pagada: Mariela está en París.

jueves, noviembre 03, 2005

APOTEOSIS DE UN VOLADO

¿Para que sirven los recuerdos?, que mierda, ¿que son los recuerdos?, ni puta idea y en este momento no pienso responder esas dos preguntas, es más: me vale madres; y si soy franco, las he escrito más para justificar mi estúpida visión de que al escribir debo poner algo interesante. A la chingada, actuaré como un pintor quien después de los primeros trazos tiene de dos: seguir o mandar al diablo el lienzo... he decidido seguir.

El caso es (y toda esta mamada empezó por eso) que no se porqué carajos me acordé de mi ex, con quien compartí ocho años de mi vida y a quien le debo muchas de mis frustraciones. Recordé cuando ambos teníamos 22 años y compartíamos la ambición por tragarnos la vida, los sueños y los esquemas... los estúpidos esquemas que terminaron siendo nada más que un ridículo juego de azar. Ambos abogados, uno: fiel creyente del estado de Derecho, las instituciones y del añejo ideal de un mundo mejor; el otro: fiel creyente del precio de las instituciones, del costo de la honradez y de las leyes, de la falta de calidad humana y de su inquebrantable belleza, cuya única gran virtud era mi urgente necesidad de amarla.

Pues bien, ambos crecimos estereotipándonos y forjamos, lo que entre los dos llamamos, nuestro patrimonio: un conjunto de bienes muebles, inmuebles y demás objetos que el hombre actual necesita para llenar su vacío existencial (no fuimos la excepción). Años después de haber iniciado aquel inútil viaje en el tiempo, nos creímos la versión de nuestras emociones del uno hacia el otro y nos amamos, tanto nos la creímos que empezamos a olvidarnos de ella.

Los años nos hicieron viejos y dejaron estragos, ambos decidimos darle en la madre a la apoteosis de nuestra historia y al final quedaron los bienes, ahí: inmóviles, mirando, esperando el siguiente acto, esperando al heredero que tantas veces invocamos, esperando nuestra muerte, el fin, la destrucción. Una tarde antes de separarnos físicamente y terminar con todo, nos reunimos en la sala y empezamos por dividir los objetos: esto es tuyo, esto es mío y nuevamente las cosas entraban en acción, despertando la ambición y el odio (de por si bien vivo). Entrábamos en disputa por una litografía, un candelabro, una pendejada. Mi ex no pensaba en ceder, jamás lo hizo en un tribunal, en un juicio de divorcio: no lo iba a hacer en su propio divorcio. Nos miramos y llegamos al brillante acuerdo: Un volado: águila tú, sol yo.

En un volado resumimos el pasado, dejamos que el azar repartiera los objetos, los recuerdos, la miseria y la ilusión. Sentados dentro de una fría habitación, con poca luz y con el alma desgarrada y los recuerdos quebrando la respiración, los dos, uno frente al otro, empujabamos una moneda para decidir quien ganaba y quien perdía... hoy sólo trato de ubicar en qué puto momento la moneda me obligó a cargar con este pinche recuerdo que hace bulto en mi cerebro.

miércoles, noviembre 02, 2005

DÍA DE MUERTOS

Estoy esperando
a que venga la muerte,
en la mesa de la ofrenda
puse mi vida
y una nota que decía:
llévatela y no la devuelvas
aprópiate de ella
vívela
y si no la puedes vivir:
mátate
para ver si muerta
me olvido de ti.

martes, octubre 25, 2005

PERSECUCIÓN

Siguiendo la experiencia de Sophie Calle, realicé la persecución de un desconocido, el resultado narrativo fue el siguiente:


Llegué al andén del metro Coyoacán con la intención de hacerlo. Fijé mi atención en los usuarios que esperaban detrás de la línea amarilla de seguridad la llegada del convoy. Me detuve unos pasos atrás para observar con mayor cuidado y sigilo. Titubee en la idea de lograr mi objetivo así que agudice la vista y los sentidos. De pronto la vi: inmóvil, con la mirada anclada al piso y una fragilidad expuesta en sus brazos caídos. Vestía un pantalón y un saco gris. El uniforme de su trabajo: supuse. Tenía el cabello teñido de un naranja gastado. Permanecía indiferente al murmullo de la multitud. Recargada contra un muro al que parecía robarle fuerzas para seguir de pie.

El aire se quebró con el usual sonido del metro corriendo sobre las vías. Me acerqué a donde ella estaba, acechándola. Aproveché la ausencia de su mirada para pegarme a sus pasos débiles y sin ánimo. Abordamos al mismo tiempo. Ella como dueña de su espacio y yo como el intruso que aprovechaba su rutina para perseguirla.

Miré un pequeño prendedor en el que se leían las siglas del Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal. Su mirada seguía vagando, imaginando, quizás, el sentido de sus pensamientos. El tren avanzó cuatro estaciones antes de que se desocupara un asiento. Mi presa se giró y con movimientos indiferentes se sentó. Desvié la atención hacia los demás pasajeros. Todos refugiados en el único fragmento de intimidad que se puede compartir en ese sitio: los pensamientos. Me relaje un poco. Ella estaba de espaldas a mí.

La chicharra gimió. El metro reanudaba la marcha. Se quedaba atrás una estación más de la que no supe ni siquiera su nombre. Mi destino eran los pasos de aquella mujer que olía a tristeza, las escalas no me importaban.

Cuando acechas, debes cuidar las espaldas. En cualquier momento puedes convertirte en presa sin que lo sepas. Recargado contra la puerta del fondo del vagón lo supe: dos ojos, como escopeta de doble boca, apuntaban hacia mí; reforzados con delineador negro me miraban desde el lado opuesto a donde yo estaba. Alguien, que no era mi víctima, me observaba con detenimiento. Por un momento me turbé, sintiéndome en evidencia. Recuperé la calma cuando la vi bajar en la siguiente estación.

Estación Niños Héroes. Mi ingenua solitaria se levantó. Preparé mi salida. Descendió del vagón. Caminé su camino. Evadí a los mismos transeúntes. Ella me guiaba con su cabello quebrado y con sus manos protegiendo su bolso. Su mirada acariciaba el piso, como confirmando la misma ruta de ayer; la que ha seguido desde hace no sé cuántos años.

Los dos vimos el edificio del Tribunal aparecer ante nosotros cuando salíamos de las entrañas de la ciudad. Miró su reloj, apuró el paso y alisó su cabello. La calma que portaba en el vagón la perdió cuando estuvo en la superficie. En ese momento casi corría, así cruzó la calle. La luz verde en el semáforo desencadenó un río de autos que no pude cruzar. Ella siguió sin mirar hacia atrás. Subió la escalera del edificio gris y la perdí de vista cuando entró por la puerta principal. Me giré y regresé en busca de mi ruta. Ella se quedó atrás, con su mirada triste, leyendo conflictos que debía resolver. Yo avancé con una soledad que me hizo extrañarla.